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EL ROSTRO OCULTO

DE

ALFRED HITCHCOCK

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A los veintiún años, Alfred Hitchcock empezó a trabajar en Londres para Famous Players-Lasky, la productora británica que era propiedad de la hollywoodense Paramount Pictures, cuyos principales técnicos, en su mayoría norteamericanos, habían sido enviados a Inglaterra para que trabajaran en dos pequeños platós situados en lo que había sido una pequeña central eléctrica, en el condado de Islington. El primer empleo que tuvo Hitchcock, como ilustrador de los íntertítulos que constituían los diálogos de las películas mudas, le proporcionó el acceso a múltiples y variadas tareas: diseñador en una película, o director artístico, coguionista o director de producción en otra. A diferencia de la especialización profesional que se daba en la industria cinematográfica norteamericana, a los trabajadores contratados por los estudios ingleses se les pedía que fueran capaces de realizar las más diversas tareas, de manera que pudieran desempeñar su labor allí donde su talento pudiera ser aprovechado. En consecuencia, el joven y polifacético Hitchcock se convirtió en el chico para todo de, como mínimo, dieciocho películas mudas británicas. Años más tarde, comentó:

- "Todo mi primer aprendizaje lo hice principalmente con norteamericanos, y fue francamente superior al británico"-.

En 1923 seguía trabajando largas horas y aprendiendo nuevos y avanzados métodos. Ese año, el productor Michael Balcon compró el estudio cuando Paramount se retiró. Su objetivo era financiar espectáculos para un público internacional, esencialmente norteamericano. En consecuencia, Balcon se trajo de Hollywood a Betty Compson para que protagonizara una película llamada Woman to Woman, en la que Hitchcock desempeñaba, según sus propias palabras:

- "Hice labores de factótum general: escribí el guión, diseñé los decorados y dirigí la producción. Fue la primera película en la que me impliqué plenamente"-.

 

 



También fue la primera de las cinco en las que trabajó a las órdenes del director del estudio, Graham Cutts, con quien desarrolló una relación de hostilidad. El problema lo originaban las aventuras extraconyugales de Cutts, que para Hitchcock suponían una demostración de falta de profesionalidad porque invariablemente obligaban a modificar el calendario de producción. De todas maneras, también es posible que Hitchcock llegara a sentir cierta envidia de lo bien que se le daban las mujeres a Cutts. En cualquier caso, lo que sí deseaba era sustituir a Cutts y asegurarse unos cuantos títulos de crédito adicionales para mejor impresionar a Balcon:

- "Yo era bastante dogmático -comentó-, preparé los decorados, fui a ver al director y le dije: "¡Tiene usted que rodar desde aquí!"-.

 

A Cutts le desagradó el estilo autoritario de Hitchcock y así lo manifestó, pero Balcon estaba impresionado por el talento y la energía del joven, especialmente después de que Cutts regresara a Londres a principios de 1925 tras haber filmado en Berlín "The Blackguard". Durante el rodaje en Alemania, Hitchcock había resuelto expeditivamente varios problemas de logística causados por la torpe manera de Cutts de combinar trabajo, esposa y amantes. Poco después, Balcon pidió a Hitchcock que dirigiera una película.

 

-"Yo no tenía intención de convertirme en director cinematográfico. Me sentía muy feliz ocupándome de los guiones y de la dirección artística. Nunca me había visto como director "-

 

 Sin embargo, tras haber pasado cinco años trabajando seis días a la semana, era un claro candidato a un ascenso: escribía guiones, diseñaba decorados, trabajaba con los montadores; pero, para su disgusto, cobraba un sueldo que era una miseria comparado con el de los directores asentados. Lo cierto es que Hitchcock, siempre deseoso de intervenir en cualquier aspecto de una película y capaz de resolver con eficacia todos los problemas relacionados con su producción, según Balcon: "Deseaba convertirse en director; sin embargo, no resultaba fácil lanzar a un joven en un trabajo tan importante, porque los financieros y los distribuidores se mostraban muy cautelosos ante la posibilidad de ascender a un simple ayudante".

 

Balcon se volvió hacia sus socios extranjeros: "Tuve que arreglar las cosas para que Hitchcock pudiera dirigir sus dos primeras películas en Alemania a causa de la resistencia a que se convirtiera en el director que encontré en Londres". Junto con el guionista Eliot Stannard, la ayudante de dirección Alma Reville y el cámara Gaetano di Ventimiglia, Hitchcock salió para rodar exteriores en el norte de Italia y, después, hacia Munich, para el trabajo en estudio, donde se reunió con equipo internacional de técnicos y coproductores...aprendió el suficiente alemán para hacerse entender. Su encargo era rodar "El jardín de la alegría", basada en una novela muy popular, pero que no era nada del otro mundo, que trataba de dos coristas londinenses, de sus cambiantes fidelidades con respecto a los difíciles hombres de sus vidas y su peligrosa estancia en los trópicos, todo ello envuelto en un desenlace de locura y asesinato. Los personajes principales fueron interpretados por estrellas norteamericanas que actuaron en Italia y Alemania como si el relato tuviera lugar en Londres y el Extremo Oriente. La responsabilidad de Hitchcock consistía en hacer que todo aquello pareciera real y emocionalmente creíble... Hay que decir que consiguió plenamente ambas cosas. Balcon hizo venir de Estados Unidos a las dos actrices más glamurosas del momento: Virginia Valli y Carmelita Geraghty. Virginia, que ya había intervenido en cuarenta y siete películas a las órdenes de John Ford, King Vidor y otros, quería saber qué tenía planeado Hitchcock y qué aspecto tendría en la película una vez acabada.

 

-"Me invadía un sudor frío -reconoció Hitchcock-. Quería disimular el hecho de que era mi primer trabajo como director y no me atrevía a pensar en lo que Virginia Valli, una actriz consagrada de Hollywood, podía llegar a decir si descubría que iba dar vueltas por Europa mientras era dirigida por un novato. Me aterrorizaba tener que darle instrucciones. No tengo ni idea de cuántas veces llegué a preguntar a mi futura esposa Alma Reville si estaba haciendo lo correcto. Ella, tan encantadora como siempre, me infundió valor asegurándome que lo estaba haciendo estupendamente."-

 

 

 

 

Así comenzó la que sería una colaboración histórica. Alma Reville tenía buen ojo, sabía cómo había que estructurar una historia y plasmarla visualmente. Había trabajado como montadora y no vacilaba a la hora de manifestar sus opiniones a Hitchcock. Menuda y de cabellos castaño-rojizos, inicialmente daba una impresión de dulce timidez; pero la verdadera Alma Reville era una mujer sumamente inteligente, segura de sí misma y de una férrea determinación; muy diferente del inseguro Hitchcock, que siempre estaba muy pendiente de su apariencia, y era muy consciente de sus gustos y sus humildes orígenes cockney. Alma nunca dejó de actuar valientemente cuando hubo que tomar alguna decisión, tanto en el trabajo como en lo privado. En la vida del maestro, Alma fué pieza fundamental.

 

 

Hitchcock siempre reconoció sus miedos, que se remontaban a un sentimiento de inseguridad de la infancia:

 

- "¿Miedo? El miedo ha marcado mi vida y mi carrera. Lo he conocido desde la niñez. Me acuerdo de un domingo por la tarde, el único momento en que mis padres no tenían que trabajar, cuando tenía cinco o seis años, me dejaron en la cama y salieron a dar un paseo por Hyde Park -que en aquella época significaba un trayecto de noventa minutos en tranvía y en tren desde el hogar de los Hitchcock. Ellos creyeron que seguiría durmiendo, pero me desperté y los llamé. El silencio me respondió. No había nadie, salvo la noche a mi alrededor. Temblando de miedo, me levanté y deambulé por la casa, oscura y vacía, hasta que al final llegué a la cocina y encontré un trozo de carne fría que me comí mientras me secaba las lágrimas."-

 

Hitchcock se sentía incómodo junto a las dos estrellas norteamericanas, pero era consciente de lo mucho que las necesitaba. También le irritaban sus generosos salarios; además, el presupuesto del que disponía hacía imposible que contaran con el tipo de lujos hollywoodenses a los que ellas estaban acostumbradas. Según Hitchcock:

 

- "Valli era alguien importante y ella lo sabía. Esperaba una banda de música y que le pusieran una alfombra roja, pero no consiguió nada de eso. No le sentó bien, pero al final resultó agradable"-

 

El rodaje comenzó en junio de 1925, en el norte de Italia, antes de que pasaran a rodar los interiores en los estudios de Munich, donde hacía un calor sofocante, ya que los techos eran de cristal y carecían de aire acondicionado. Las cosas fueron mal desde el comienzo: hubo numerosos retrasos por culpa de la actitud poco colaboradora de algunos actores; luego, un perro que había sido especialmente entrenado, desapareció y tuvo que ser sustituido por otro que no dejó de lamerse el maquillaje que le aplicaron para que se pareciera al primero. Después, la joven que había sido contratada para que hiciera el papel de nativa se presentó el día del rodaje de la escena en la que tenía que nadar y anunció inesperadamente que su período menstrual le impedía meterse en el agua. Hitchcock aseguró que semejante noticia era para él una nueva experiencia educativa e insistió en que nunca había oído hablar del ciclo menstrual, era algo que no formaba parte de su formación escolar y habría que añadir que tampoco de su labor como guionista o diseñador de producción-. De todas formas, al igual que su aseveración de que no tenía intención de convertirse en director de cine, semejante declaración de ignorancia no se puede aceptar sin más. Hitchcock tenía por aquel entonces veintiséis años, un hermano y hermana mayores, sin duda se había fijado en los discretos anuncios de los productos de higiene; y, por si fuera poco, había trabajado en un estudio cinematográfico durante los "locos años veinte", una época y un lugar escasamente discretos en su manera de obrar. A pesar de que aseguraba ser sexualmente inexperto, no era de ningún modo el clásico adolescente virginal del siglo pasado. Sin duda, la curiosidad normal de toda persona había complementado su educación formal.

 

Sin embargo, corrió el rumor de que Hitchcock era una especie de criatura inocente y angelical, lo cual acabó despertando, como yo creo era su intención escondida, los sentimientos maternales de Valli y Geraghty, cosa que mejoró notablemente el ambiente del rodaje y la disposición de ambas actrices a plegarse ante las demandas del director. De ese modo, consiguió conquistarlas fingiendo ignorancia en lugar de presumir sofisticación. En otras palabras, recurrió a lo que consideró necesario para alcanzar los fines que se había propuesto, incluyendo el detalle nada despreciable de que Valli accediera a llevar una peluca rubia para interpretar su papel. Cuando Balcon llegó a Munich para ver las primeras pruebas de la película de Hitchcock, estuvo de acuerdo con el director en que convenía introducir cambios, pero que, a efectos de comercialización, le gustaba el aire norteamericano que tenía. Asimismo, "El jardín de la alegría" reveló el hábil uso que Hitchcock hizo de las técnicas cinematográficas de tipo alucinatorio, como fundidos y sobreimpresiones y, en aras del atractivo comercial, al poner énfasis en una acción trepidante que se alternaba con escenas de violencia y de sexo diluido.

 

 

 

 

Hace mas de treinta años que Alfred Hitchcock nos dejó, pero sus admiradores no lo han olvidado. Al contrario, lo veneran como parte de una leyenda y otros ven en él a un afectuoso caballero, parecido a uno de esos excéntricos abuelos que cuentan historias a los nietos antes de dormir. Pocos conocieron su verdadera naturaleza, y casi nadie se atrevió nunca a hacerle preguntas incómodas: los actores y las actrices que actuaron en sus películas bastante tenían con haber sido elegidos por el gran maestro. Donald Spoto nos propone en el libro que escribió, un paseo por la obra del director británico a partir de la relación que estableció con las mujeres que trabajaron con él, lo que aflora es el retrato de un hombre capaz de perseguir a Tippi Hedren y declarar al mismo tiempo que en su matrimonio con Alma Reville no había prácticamente sexo. Un director obsesionado por las mujeres rubias y frías, empezando por Madeleine Carroll y siguiendo con Ingrid Bergman, Grace Kelly y Kim Novak. Un profesional que probablemente hoy sería denunciado por acoso en el trabajo, ya que se valía de su autoridad para maltratar a sus actrices si consideraba que lo habían traicionado, como Vera Miles al quedar embarazada durante un rodaje, o Doris Day, que por lo visto no se entregó a su papel como el director exigía. Pero siempre fué un hombre brillante, excepcional en muchos sentidos, pero que con el paso de los años se quedó sumido en una profunda soledad y una vejez patética. "Las damas de Hitchcock" anda con elegancia por la cara oscura de la vida de un genio y es un magnífico tributo a unas mujeres que pusieron todo su talento al servicio de un hombre difícil de complacer.

 

 

 Se ha escrito mucho sobre el maestro del suspense, son biografías simplemente, en lugar de discutir los pormenores de la gestación de las películas de Hitchcock, casi todas entran en el resbaladizo terreno de las extrapolaciones, como hiciera Peter Conrad en "Los asesinatos de Hitchcock", aparte de Donald Spoto que relata con precisión el carácter perverso del director, está McGilligan que inserta en su trabajo las confidencias artísticas y profesionales que el director vertió en el exhaustivo libro-entrevista que le dedicó Truffaut... Brillante lectura que recomiendo... Puede que no alcance a ser la biografía definitiva de Hitchcock, ni iguale, en su discreta minuciosidad, el impacto que tuvieron los libros anteriormente citados. Pero resulta el mejor resumen de toda una vida dedicada al cine. En él hay más espacio a la discusión de los proyectos creativos de Hitchcock que a la consideración de su vida íntima y familiar. Cierto que se menciona, por ejemplo, el único “desliz” conyugal atribuible a su esposa, Alma Reville. Pero incluso esta contrariedad íntima ocurre en un contexto de trabajo, mientras la esposa revisaba un guión con un colaborador del director. Algunas aportaciones posteriores de Alma a los guiones de las películas de su marido se resolvieron con personajes femeninos atrapados en conflictos de lealtades...esto constituye, en todo caso, un buen ejemplo de cómo cualquier acontecimiento personal del entorno de Hitchcock repercutía en su obra, para terminar enriqueciéndola. Lo mismo puede decirse de sus relaciones profesionales. Empieza con la precariedad de la industria cinematográfica británica, primero, y luego con las presiones de los grandes estudios norteamericanos, infundiendo en el cineasta una mentalidad posibilista, que convirtió en filtro y piedra de toque de sus impulsos creativos: sin ese compromiso es posible que sus películas se hubieran entregado con más frecuencia de la deseable a la clase de extravagancias con las que el director gustaba de escandalizar a sus colaboradores. Truffaut explica bien la complicada serie de compromisos de la que derivan las decisiones estéticas de Hitchcock, así como del implacable control que ejercía sobre un proceso artístico complejo, en el que intervenían muchas manos. De su ambición artística da fe su atención a las vanguardistas modas comerciales que conoció a lo largo de su trayectoria: las técnicas de montaje del cine soviético, la iluminación y los movimientos de cámara del expresionismo alemán, las novedades que supusieron el “neorrealismo” italiano y la “nouvelle vague”, los métodos de trabajo de la televisión, la estética agresiva del cine de género...: todos dejaron su huella en el cine de Hitchcock, y se convirtieron en motivos de reflexión e inspiración. Cincuenta y tres largometrajes fueron el resultado de esta exigencia creativa. Mientras los hacía, administró inteligentemente sus ingresos, educó a su hija y mantuvo como pudo su vida personal. Incluso la mera idea -insinuada de que el cine de Hitchcock, con su “glamour" su intensidad emocional y su gusto por el sexo soterrado, provenga de la sublimación de los sentimientos de un hombre feo, gordo y reprimido, abre una enorme interrogante... Indirectamente, este libro apoya la tesis de que Hitchcock es un verdadero “autor”, que ejerció total control sobre las distintas fases de su creación cinematográfica, expresándose a través de ella. El instinto artístico que Hitchcock dicta en esas anécdotas intransferibles, y obsesiones disimuladas, es donde está su verdadero fondo y el sustrato que hace posible el milagro del arte.

 

 

Hace unos días la actriz Tippi Hedren ha recordado su traumática experiencia con el director. Según ella, su empeño en transformarla en "su nueva Grace Kelly" derivó en obsesión sexual. Estas declaraciones coinciden con el lanzamiento de una película que recrea su relación:

 

-“Arruinó mi carrera, pero no mi vida”-.

 

 Cincuenta años después del rodaje de Los pájaros, la actriz exponía ante la prensa su trauma con quien la descubrió, acosó y repudió. La presentación este año del telefilme de la HBO, " The girl ", donde la actriz se ha visto encarnada por Sienna Miller se estrenó en EE UU... La película refleja la obsesión que sintió Alfred Hitchcock hacia su musa de entonces y el sufrimiento que ella vivió en silencio para evitar perjudicar su futuro en el cine. Preguntada por el supuesto amor que el cineasta le profesaba, Hedren reflexionó:

 

-“No sé cómo llamar a aquello, pero desde luego no era amor. Cuando quieres a alguien, lo tratas bien. Estamos ante una mente incomprensible. Era malvado, pervertido, casi hasta peligroso”-.

 

 

 

Resulta asombroso la cantidad de cosas que puede llegar a saber un biógrafo. Donald Spoto, es un conocedor alucinante de detalles de la vida del director. Algunas de las cosas que Spoto sabía no se comprende cómo pudo haber llegado a conocerlas, por ejemplo, que un día Hitchcock se había preguntado a sí mismo qué era en arte lo contemporáneo y qué no lo era...¿Hitchcock preguntándose esto? Según Spoto, Hitchcock se lo preguntó a sí mismo en el curso de la famosa fiesta en la que conoció a Tipi Hedren. Se lo preguntó poco después de conocer a la actriz, aunque a los cuatro segundos ya lo había olvidado. ¿Cómo es posible?, si, lo olvidó de forma fulminante, ¿cómo Spoto pudo llegar a enterarse de algo que sólo Hitchcock dijo,?. Y sin embargo, Spoto no mintió. Porque cuatro segundos dan para mucho. Spoto pudo saber que a los dos segundos de preguntarselo Hitchcock, aquella pregunta se la trasladó –seguramente para potenciar su bien alcanzada fama de hombre interesante- a Tipi Hedren. Y ella, en lugar de olvidarlo, lo contó años después a todo el mundo, incluido Donald Spoto. Hedren no olvidó aquella pregunta hitchcokiana porque, de hecho, era una cuestión que venía preocupándole a ella desde hacía años: ¿qué era lo que podía verdaderamente ser considerado contemporáneo?. Quizás fueran las propias ondas mentales de Hedren las que alcanzaron de lleno al propio Hitchcock y le hicieron a éste hacerse aquella pregunta, tan anómala en él.

 

-" Miss Hedren, ¿qué es contemporáneo en arte y qué no lo es?-.

 

 

Sea como fuere, el hecho es que Hitch se preguntó aquello y que, nada más hacerlo, lo olvidó. Tipi Hedren, siguió preguntándoselo durante años. Y un día, en una exposición de pinturas en Los Ángeles, habiéndole un periodista preguntado qué opinaba de aquel arte tan contemporáneo que se exhibía en la sala, se vengó de Hitchcock y de la persecución sexual a la que por un tiempo éste le había sometido y dijo que aquellas pinturas le hacían recordar que el gran Hitchcock era un hombre que sufría al sentirse anticuado, lo cual no dejaba de ser absurdo, pues tan sagaz como era él, debería haber caído en la cuenta de que ser contemporáneo no era estar a la moda.

 

 

Tras sentirse abandonado por su musa Ingrid Bergman primero, después de tres películas, que se fué con  Roberto Rossellini, y por Grace Kelly, convertida en princesa de Mónaco, Hitchcock buscó una nueva rubia a su medida en Tippi Hedren, una modelo recién entrada en la treintena y madre soltera de una niña de cuatro años .. La vio en un spot de bebidas adelgazantes y, a pesar de que ella no tenía experiencia actuando, tuvo un flechazo. En su primer encuentro, la sometió al mismo ritual que a Kim Novak con la que filmó Vértigo, una cinta que él consideró redonda y que, ha pasado a ser la mejor de la historia. La citó para hablarle de todo menos de cine. Solo que en la modelo, que estaba más viajada que Novak, encontró cierta réplica que le cautivó. Encargó a Edith Head, la diseñadora de vestuario de sus películas, que le confeccionara todo un guardarropa. Igual que había hecho antes con Vera Miles, Grace Kelly y Eva Marie Saint. Comenzaba así a moldear a su estrella. “Encontré eso sorprendente”, revelaría Hedren al escritor Donald Spoto.

 

- “Se gastó mucho más dinero en regalarme un vestuario personal que en mi sueldo de un año”-.

 

La actriz ha comentado que era como si estuviera rodando Vértigo con ella, reflexionaría años después al guionista Samuel Taylor, aludiendo la transformación a la que somete James Stewart a Kim Novak en la película, tratando de convertirla en la mujer muerta que amó. No era ningún secreto: Hitchcock buscaba ansiosamente a su “nueva Grace Kelly”. De hecho, concibió Marnie, la ladrona como su gran regreso al cine. A diferencia de lo que muchos piensan, Kelly tenía el consentimiento de Rainiero, fan declarado del cineasta, pero la oferta coincidió con las iras del general De Gaulle, que, irritado por las ventajas fiscales que el principado ofrecía a ciertos hombres de negocios, cuestionó el estatuto privilegiado de Mónaco. Para no romper los lazos con Francia, el príncipe se vio obligado a moderar la imagen frívola de sus dominios, y eso incluyó la renuncia de Kelly a volver a la pantalla, e interpretar Marnie. Tippi Hedren acabaría siendo la protagonista... El director la tenía por entonces sometida a escrutinio. Ya en el rodaje de Los pájaros había solicitado a dos miembros del equipo que la espiaran fuera de plató. A sus meticulosas especificaciones gestuales, recordemos, los pájaros está plagada de idealizados primeros planos de ella, a esto sumó largas reuniones con la actriz en privado para discutir detalles del filme. Tal y como recordaría ella a Spoto:

 

- “Empezó a decirme qué llevar en mi tiempo libre, qué comer y los amigos a los que debía ver. Se ponía furioso si yo no le pedía permiso para visitar a algún amigo por la noche o un fin de semana”-.

Le susurraba comentarios obscenos antes de rodar o la incitaba a beber martinis durante los ensayos. Hasta llegar al clímax: como la secuencia del ataque al que se ve sometido su personaje, atrapado en una habitación y sin poder abrir la puerta. El director descartó las aves mecánicas, por resultar irreales, y enjauló a Hedren durante toda una semana, lanzándole pájaros vivos, para una escena de apenas minuto y medio. El último día, casi pierde un ojo de un picotazo y fue devuelta a casa sedada tras un colapso nervioso. Hedren la recordaría siempre como “la peor semana de mi vida”. Como quien recita, Hitchcock recuperó para sus entrevistas la cita de Oscar Wilde: “Destruyes aquello que amas”.
 

 

Tras el rodaje, la colmó de regalos y le enviaba ardientes notas entremezcladas con otras más profesionales con detalles sobre Marnie. Una vez en el set hizo instalar para Hedren un lujoso camerino rodante unido por una pasarela a su bungaló. Al final de cada día, le enviaba champán, pero ella, para evitar sus constantes visitas, invitaba allí a compañeros del equipo. A pesar de saber de la inminente boda de la rubia con su agente, Noel Marshall, le confesó haber soñado con que ella le decía que le quería. “Hitch, tan solo se trataba de un sueño”, le respondió. Hasta que una noche se abalanzó sobre la actriz. Ante su rechazo, la repudió para siempre. A partir de entonces se referiría a ella simplemente como “esa chica” y restringiría su comunicación a instrucciones a través de sus ayudantes. Su esposa, Alma, parecía aceptar estos enamoramientos románticos con sus actrices como puras fantasías, como la persecución de ese sueño, pero su fijación con Hedren saltaba a la vista. Las instrucciones al director de fotografía, Robert Burks, eran que la cámara se acercase a su rostro tanto como pudiera, “casi como si le hiciese el amor”. La guionista, Jay Presson Allen, dijo: “Estaba loco por Hedren, de igual modo que había estado obsesionado antes con una serie de actrices rubias”. En su afán acaparador, el director se negó a que Hedren aceptara el Premio Photoplay, uno de los más prestigiosos del momento, a la actriz más prometedora del año. Telefoneó en su nombre y lo rechazó por ella. Cualquier teoría sobre que Hedren cayera en la lista negra es indemostrable, pero que uno de sus mayores hitos posteriores fuera el telefilme Los pájaros 2: el fin del mundo dice mucho de la alargada sombra que ha proyectado siempre la oronda figura de Hitchcock en la industria del cine. Si Hitchcock levantara la cabeza, probablemente reaccionaría con incomodidad a la reinterpretación de su obra que se nos avecina. Además del telefilme ‘The girl’, centrado en su relación con Tippi Hedren, se ha estrenado con rotundo éxito en cine ‘Hitchcock’, sobre el rodaje de ‘Psicosis’, con una veraz caracterización de Anthony Hopkins, Helen Mirren en el papel de su esposa, Alma Reville, y Scarlett Johansson como Janet Leigh. Anthony Hopkins saca de un cajón una serie de fotografías de actrices rubias que han trabajado para él y las despliega con fervor morboso encima de su escritorio. “¡Qué bonitas son todas!” –debe pensar, y en un acto de sexualidad sugerida se lleva la mano a la cartuchera. Más tarde, su mujer Alma (Helen Mirren) descubre esta colección de cromos y -enfadada- parece decidir echarse en brazos de un galán. Finalmente no lo hace, pero la diferencia de la pareja estriba en que Alma tenía posibilidades reales de tener un lío mientras que el bueno de Hitch con sus rubias lo tenia mas que difícil. ¿Parte de la atracción para Alfred Hitchcock y para sus espectadores se deriva entonces de la inaccesibilidad de esas rubias gélidas? Parece hasta ocioso afirmar que sí: he aquí un placer morboso, de ‘voyeur’, de pervertido, incapaz de culminar, por definición. Y aunque suene muy feo, un poco grosero lo que estoy diciendo sobre Hitchcock y sus rubias, no quiero que esta reseña tenga un tono soez, basta decir que cuando ven en la pantalla a esas diosas rubias tan inalcanzables ni Hitchcock ni el espectador las querrían precisamente.

 



Ah, pero a nosotros, los miles de cinéfilos que admiramos su trabajo, nos queda la sublimación de todo eso: el cine, y el único rastro certero son las excelentes películas que conforman su obra  Excelentes en más de un sentido, el tema de las rubias no es sino un aspecto, pero da la casualidad de que es en lo que se fija un librito que ha sacado Periférica: Las fascinantes rubias de Alfred Hitchcock, del intelectual francés, profesor, crítico y autor, Serge Koster... armado de abundantes lecturas sobre el director inglés  y de su creatividad, se propone desentrañar el revés de la trama de la obsesión por las protagonistas rubias en algunas de las películas más clásicas de Alfred Hitchcock, recurriendo a la metodología de la sospecha. Después de todo, ¿no se trata de desenmascarar a un pervertido? ¿En qué mejor arena se han batido sexo, represión y dobles sentidos que en el Psicoanálisis, y por metonimia en la Teoría Literaria, que hoy llamaremos Cultural?. Tras un prefacio sugerente, Koster analiza cuatro rubias de Alfred Hitchcock, a saber: Grace Kelly, Kim Novak, Eva Marie Saint y Tippi Hedren. A lo largo de menos de ochenta páginas el autor atribuye a cada una de las cuatro cualidades en el imaginario fantasmagórico-sexual del director de cine. Grace Kelly sería la perfección inalcanzable, Kim Novak la tentación, Eva Marie Saint una suerte de encarnación del amor y Tippi Hedren el reprimido objeto de una venganza sádica. En otras palabras: a Kelly la adoraba pero se le escapó, Novak fue un bombazo aunque a él no le agradaba mucho, Eva Marie Saint fue la ‘partenaire’ perfecta del perfecto hombre de acción, como fué Cary Grant y a Hedren la hizo sufrir porque rechazó sus atenciones, que al parecer en este caso fueron más allá de la contemplación.


No fue mago de nada ni genio, no era un dios como tantas veces se le quiso etiquetar. Tenía genio, mal carácter, pero fue un maestro, con la cámara y, sobretodo, por provocar en mil inventos, la mueca o la cara de espanto que necesitaba de una actriz o actor. No solamente las provocaba, sino que las humillaba, más a las actrices que a los actores. Madeleine Carrol fue humillada en la película “Los 39 escalones” donde por capricho de Hitchcock pasó casi todo el tiempo de rodaje esposada al brazo de Robert Donat. Otra de las humillaciones que padeció la joven Madeleine Carrol, en la misma película, fue la ocurrencia, nada más y nada menos, que desabrocharse la bragueta delante de ella, lo que aprovecho en connivencia con el cámara para grabar esa escena. Su frustrada pasión por varias de las protagonistas femeninas de sus películas le causó sufrimientos y permitió que su lucha contra la obesidad lo aislara haciendo imposible cualquier tipo de intimidad física. Un caso especial es el que recibió Ingrid Bergman, la sueca que rebosaba guapura toda ella. El Maestro la mimó y, pese a su inclinación gay, se enamoró de ella, a tal punto que reescribió un diálogo sobre el guión ya aprobado en la película “Recuerda”. Durante el rodaje de la película “Rebeca”, hizo que Joan Fontaine, actriz no muy bien tratada por la crítica, repitiera varias veces la misma escena. No contento con la expresión que exigía el guión, Hitchcock se levantó de su silla y ni corto y perezoso, abofeteó a la Fontaine hasta hacerla llorar para a continuación exclamar: “Corten, perfecto. Toma perfecta”. Sigamos... Curiosamente el único Oscar a una actriz se lo apuntó Joan Fontaine por su papel en “Sospecha”.


Hitchcock se encontraba a gusto con gays, lesbianas y bisexuales. Se comenta que se casó para cuidar las apariencias con Alma Reville una mujer menuda y de cabellos castaño rojizos. Una mujer inteligentísima, guionista y consejera de sus películas. Alma era su cocinera, ama de llaves, pero entre ellos no había pasión. El guionista Charles Bennett afirmó:

 

- “Alma era a la única persona que Alfred temía de verdad”-.

 

 

Vamos a comentar el libro de Spoto, donde el autor nos desgrana concienzudamente la vida y obra del director. Contradiciendo alguna crítica, considero que no hay que ser un cinéfilo especialmente para abordar esta biografía. Ni ser precisamente fiel al gran genio que era Alfred Hitchcock. Aunque es un libro de 500 páginas y de letra minúscula creo que conocer tan desde dentro virtudes y defectos de un más que reconocido artista solamente exige un poquito de devoción hacia alguien que casi seguro cualquier persona de Occidente él ha emocionado con su genio, a través de alguna de sus películas. El autor, además y a pesar de que no es lo más destacable, no se corta ni un pelo en demostrar algunas miserias que sin duda eran propias de Hitchcock. Es muy interesante toda la segunda parte especialmente donde Spoto narra las vicisitudes y anécdotas de los rodajes más singulares y que para alguien que no haya estado jamás en un plató de cine podrá apreciar magníficamente. Lo mejor es que como resultado final, si admiras a este director, tras conocerlo de cerca, lo llegas a querer de verdad. Es curioso que sabiendo de los defectos y faltas se pueda también querer a alguien, tal vez porque se tratará siempre de un querido desconocido. Casi todo el mundo conoce y es capaz de mencionar algunas de las muchas películas que rodó a lo largo de su vida cinematográfica.... pero el Hitchcock secreto, el Hitchcock íntimo, como ocurre con todas las personas, es siempre un misterio. En la presente obra, Donald Spoto analiza exhaustivamente los orígenes de la genialidad sobrehumana e incomparable del cineasta británico, asentado en Estados Unidos  El autor ha podido consultar archivos antes vedados a periodistas e investigadores, como los archivos privados de David O. Selznick, por ejemplo, correspondencia privada, documentos jurídicos y papeles familiares, y ha entrevistado a multitud de guionistas, actores y colaboradores del genio, esto es siempre lo más destacable, hablar con quien conoció en vida al protagonista.



 

La ventana indiscreta es el resultado de una obra estremecedora, un libro que nos descubre a un Hitchcock distinto, y no menos fascinante, despeja incógnitas sobre su vida, y arroja una luz nueva y absolutamente inesperada sobre un individuo atormentado y complejo, de tendencias sádicas y talante ruin, pero absolutamente genial cuando situaba su ojo detrás de la cámara. Yo personalmente venero este film, junto a Vertigo, creo que son dos obras de arte, maestras y de culto como un oceano...Escrito con imparcialidad, con simpatía y con espíritu sensible, Hitchcock, borda la vida de un hombre impedido momentaneamente y un estudioso de la condicion humana simplemente sentado ante su mitica ventana, donde comienza un desfile de varias peliculas, a cual mas indiscreta.

 

-"Seré lo que Churchill dijo de Hitler', -comento el cineasta en sus últimos años-, "un misterio dentro de otro misterio"-

 

  

Aunque hacia caso omiso a los actores - escribe Donad Spoto--, Madeleine Carrol, Joan Fontaine, Janet Leight, Marlene Dietrich, Doris Day o Vera Miles tuvieron a su lado a protagonistas masculinos como Cary Grant, James Stewart, Henry Fonda, Gregory Peck o Sean Connery, quienes en más de una película se acabaron convirtiendo en representantes del propio director. Según Spoto, "Stewart se transformó en lo que Hitchcock se consideraba que era: un teórico del asesinato en 'La Soga' o un apasionado y obsesionado perseguidor de un ideal imposible en Vértigo", mientras que Cary Grant "representó lo que al director le hubiera gustado ser: el suave e irresponsable playboy de Sospecha o el héroe inocente que conquista a una bella Grace Kelly en Atrapa a un ladrón". Tachado de cineasta comercial o menor supo comprender lo que otros directores de cine rechazaron: el poder del medio televisivo en las décadas de los 50 y 60. Hitchcock combinó sus apariciones en la pequeña pantalla con grandes éxitos de taquilla. Su popularidad se disparó hasta tal punto que sus cameos en las películas tenían que incluirse al principio para que el público no perdiera el hilo de la trama. Su huella queda patente en cineastas actuales, desde Steven Spielberg a Martin Scorsesse, Guy Ritchie, Quentin Tarantino, Roman Polanski, Brian De Palma, Michel Hazanavicius... El cine, la televisión y la literatura siguen recordando su obra. Hitchcock supo como nadie manipular las emociones del espectador gracias a su talento y a su concepción artesanal, en los albores del cine. Antes de ser director tuvo diversos oficios: rotulador, asistente de director, director artístico. Durante uno de sus rodajes en los estudios UFA de Alemania conoció al director F. W. Murnau, de quien se confesó siempre un gran admirador. La concepción que Hitchcock tenía de la imagen muda queda patente en muchas de sus películas, en las que se presta una atención principal a lo que los personajes y el público ven, de manera excepcional, como pocos director han logrado transmitir.

 

 

Entre sus obsesiones cinematográficas estaban los estrangulamientos, las rubias, la policía,... Incluso en la vida real no perdonaba a sus actrices principales cuando le dejaban por otro. Estuvo tiempo sin dirigir la palabra a Ingrid Bergman cuando ésta se fué con Rosselinni, o cuando Audrey Hepburn rechazó participar en uno de sus filmes. Para colmo, durante la promoción de “Con la muerte en los talones” tuvo que verse relegado a un segundo plano, debido al éxito que estaba teniendo Hepburn con “Historia de una monja”. Ambas películas coincidieron en el Festival de San Sebastián en 1959. Aún hoy, cuando uno entra en la ducha, lo hace con el temor de que alguien se abalance tras la cortina, como en la secuencia de Janet Leigh en “Psicosis”. Tal era la minuciosidad de Hitchcock que para rodar esta escena de 45 segundos, empleó seis días en un estudio para conseguir el clímax perfecto.

 

-“ Ni todos los malos son negros ni todos los héroes, blancos. En todas partes hay tipos grises.”- afirmaba.

 

 

En 1968 recibió de parte de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas el Premio Irving G. Thalberg a toda su carrera. Posteriormente recibió un homenaje a Nueva York realizado por la Sociedad Cinematográfica del Lincoln Center, acudiendo con Grace Kelly a la ceremonia. Cuatro años más tarde, J. Russel Taylor publicó la primera biografía autorizada de Alfred Hitchcock. En 1976 rodó Family Plot protagonizada por Karen Black y Bruce Dern, última película del director. En 1979 la American Film Institute le otorgó el premio a la labor de toda una vida, y ese mismo año la reina Isabel II del Reino Unido le concedió el título de Sir.

 

Un año más tarde, el 29 de abril de 1980, Hitchcock muere en su casa de Los Ángeles a los 80 años de edad